Ante la confusa y desorganizada señalización de la ciudad, la Real Fundación de Toledo encargó en 1990 a Alberto Corazón, Premio Nacional de Diseño y uno de los diseñadores de mayor prestigio internacional, la creación de un plan específico de señalización para el casco histórico. En el proyecto intervinieron también Alfonso Vázquez, Juan Blanco, Enrique Lorente y Pilar Morollón, responsables de elaborar las rutas de la ciudad y el contenido informativo de las señales.
El proyecto contó con el patrocinio de Renfe, la Cámara de Comercio e Industria de Toledo y la Junta de Comunidades.
El objetivo principal era dotar a Toledo de una señalética original, específica y funcional, adaptada a las características únicas de su trazado urbano. La propuesta no se limitaba a un rediseño estético, sino que ofrecía soluciones gráficas, informativas y técnicas orientadas a:
Como experiencia piloto, la nueva señalización se implementó inicialmente en el barrio de la Judería.
El diseño de las rutas se basó en criterios espaciales más que temáticos, abarcando tanto el Toledo monumental como el más oculto y misterioso. Se tuvieron en cuenta los recorridos habituales de los visitantes y la compleja topografía urbana, para garantizar la eficacia del sistema. La información contenida en las señales tiene un enfoque didáctico y funcional, e incluye referencias a la evolución histórica, el paisaje urbano y aspectos costumbristas de la ciudad.
En 1993, se publicó el libro Rutas de Toledo, que complementa la información recogida en la señalización y constituye un plan integral para hacer más accesible la ciudad, tanto para los visitantes como para sus ciudadanos.